Lanzamiento de las "Obras Completas de José Hernández"

Lanzamiento de las "Obras Completas de José Hernández"

La semana pasada, en el congreso CELEHIS de Mar del Plata, se llevó a cabo el lanzamiento de Obras Completas de José Hernández. Participaron del evento, María Celina Ortale (Coordinadora de las Obras Completas de José Hernández), Noé Jitrik (Prologuista y presentador del proyecto), Carlos Gazzera (Director Editorial de Eduvim) y José Luis de Diego (Universidad Nacional de La Plata), quién compartió con nosotros su exposición. 

"Es un gusto para mí participar de esta presentación, que resulta el corolario de un trabajo de años, no sólo en la edición de la obra sino también en la búsqueda de un editor. El trabajo fue llevado a cabo por la investigadora Celina Ortale y equipo –y la dirección y el asesoramiento de una de nuestras más brillantes filólogas, Élida Lois– en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (Universidad Nacional de La Plata-CONICET). Su directora, Gloria Chicote, fue una entusiasta y eficaz promotora de la edición y publicación de esta obra; si hay “autores intelectuales”, Gloria fue y sigue siendo, podríamos decir, su “autor institucional”. Como ella no ha podido estar presente en esta oportunidad, me pidió que la representara en esta mesa, en nombre de ella y del Instituto. En el momento de celebrar este acontecimiento editorial, una pregunta surge de un modo recurrente: ¿por qué no se editaron antes las obras completas de Hernández? Y es una pregunta, lo sabemos, sin respuesta. Conocemos un antecedente, el de Alejandro Losada Guido, un crítico literario y teórico de la literatura que reunió una frondosa documentación, probablemente para fundamentar su libro Martín Fierro. Héroe-Mito-Gaucho, publicado en 1967 por Plus Ultra. Losada murió joven en 1985, en un accidente aéreo cerca de La Habana. Un año después, se publicó en Revista Iberoamericana un artículo-homenaje de algunos de sus discípulos. La profesora Ineke Phaf, de la Universidad Humboldt, afirmó: “A su muerte, en efecto, é1 deja, entre otras cosas, una excepcional colección de documentos (periódicos, cartas, fotos, etc.) de y sobre José Hernández, que espera su clasificación y publicación”. Fue el historiador Tulio Halperín Donghi quien exhumó –“saqueó”, según sus palabras– esos materiales, tal como lo confiesa en el prólogo a su libro José Hernández y sus mundos, publicado el mismo año de la muerte de Losada. Ahora bien, no sabemos si Losada estaba pensando en editar las obras completas –Celina Ortale sugiere que sí–, pero en ese libro de Halperín Donghi se explicita un interrogante clave que coincide en parte con nuestra pregunta, y nos acerca a una posible conjetura: “qué hizo de este periodista del montón, de este participante de segunda fila en la enmarañada vida política de su tiempo, el autor de Martín Fierro” (p. 9). La pregunta del historiador es casi una petición de principio: la sorpresa acerca de cómo ese hombre pudo haber escrito ese libro puede leerse de otro modo: ese libro es lo único que escribió que resulta de interés o tiene cierto valor. Podemos suponer entonces que la pregunta de Halperín esconde una suerte de lugar común que es como un secreto a voces: así como nadie se atrevió a discutir el valor de Martín Fierro, tampoco nadie se atrevió a defender enfáticamente el resto de la obra de este “periodista del montón”. La segunda razón que podemos conjeturar se puso de manifiesto en aquel título aparecido el 22 de octubre de 1886 en un diario platense –el título que cita Noé Jitrik en el prólogo a la edición que hoy presentamos–: “Ha muerto el senador Martín Fierro”. Acaso la identificación entre autor y personaje ha terminado jugando en contra del escritor. Recuerdo un procedimiento similar en la ya clásica biografía escrita por Francisco Navarro y Ledesma que se llamaba El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra. El personaje, cuanto más famoso, se fagocita al autor y produce una suerte de identificación inversa: ya no es un personaje que puede explicarse y justificarse en la maestría técnica del autor; sino que es el autor el que termina siendo justificado, para la posteridad, en la fama y visibilidad de su criatura. Opinaba Carlos Albarracín Sarmiento que José Hernández bien podía decir, a la manera de Flaubert, pendencieramente, “Martín Fierro soy yo”, porque, aunque no lo fuera, la identificación se tornaba inevitable. De hecho, el “día de la tradición” en nuestro país no se celebra en una fecha asociada al personaje, que sería lo adecuado, sino el día de nacimiento del autor. Si tomamos como referencia al otro gran libro de nuestro siglo XIX, podríamos interpretar que el conjuro inicial que Sarmiento arroja sobre Facundo procura exorcizar cualquier forma de identificación con esa “sombra terrible”: como si dijera “que a nadie se le ocurra pensar que Facundo soy yo”. La mención de Sarmiento nos permite continuar con el significativo paralelo y volver a nuestra primera pregunta. Porque nunca nadie consideró a Sarmiento el autor de una sola obra valiosa, y ya vamos por tres versiones de sus obras completas: la que editó Augusto Belín Sarmiento a fines del siglo XIX y principios del XX; la de la editorial Luz del Día, aparecida entre 1948 y 1956, y la más reciente de la Universidad Nacional de La Matanza, que empezó a publicarse en 2001. En cualquier caso, y volviendo a Hernández, o bien porque el resto de su obra no valía la pena, o bien porque su gran poema gauchesco terminó por opacar no solo los demás escritos sino también al propio autor, lo cierto es que hasta hoy no hemos tenido una edición de sus obras completas."

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Para conocer más sobre la colección: http://www.eduvim.com.ar/comercial/preventa-obrascompletashernandez

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