¿Hay una crisis política en Venezuela?

¿Hay una crisis política en Venezuela?

Los autores de El príncipe democrático sudamericano, Mariano Fraschini y Nicolás Tereschuk, reflexionan sobre la actualidad del país latinoamericano. Contexto, análisis y variables de un conflicto de larga data.

¿Hay una crisis política en Venezuela? Por Mariano Fraschini y Nicolás Tereschuk* 

La pregunta que encabeza esta nota puede resultar llamativa por lo obvia. ¿Alguien puede dudar de la existencia de una crisis política en Venezuela? Sin embargo, la misma nos resulta pertinente para dar cuenta de este momento en la historia del país de Bolívar. Si aceptamos que en la actualidad se vive una crisis en Venezuela, la pregunta más adecuada entonces sería interrogarnos acerca de cuándo comenzó. La crisis venezolana ¿se inició a partir de las marchas que la oposición llevó adelante desde este mes de abril?, o la misma se inicia con las de octubre del año anterior; o con las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, o tal vez, con las guarimbas de enero y febrero de 2014. ¿Cuándo? ¿Será que Venezuela está en crisis desde el inicio del gobierno de Maduro en abril de 2013?, o con la muerte de Chávez en marzo de ese año. O tal vez desde antes de todo esto.

Entonces, contextualicemos. Venezuela viene siendo desde el inicio de la gestión de Hugo Chávez en febrero de 1999, un campo de disputa entre dos polos nítidamente marcado: chavistas vs antichavistas. Desde hace casi dos décadas, estos dos polos partidarios se encuentran movilizados y antagonizan en torno a un proyecto político. A veces con mayor, otras con menor intensidad, pero la disputa nunca se disipó en el país. Con excepción de los años 2006 y 2007, este enfrentamiento siempre tuvo ribetes violentos y agresivos. Es cierto que en la actualidad la intensidad es mayor a otras épocas, pero ésta se enmarca en una lucha política que ya lleva casi dos décadas.

Las recientes movilizaciones violentas de la oposición y las denuncias de represión indiscriminada, no son una novedad para el país, si lo es la correlación de fuerzas (y de recursos de poder) que el chavismo y el antichavismo ostentan en esta coyuntura. A partir de diciembre de 2015, luego de la victoria contundente de la oposición, el parlamento unicameral venezolano se tiño de color blanco (el color con el que sale a las calles el antichavismo) lo que le permitió a la Mesa de Unidad Democrática (MUD) contar con un recurso de poder significativo, que siempre había sido esquivo al antichavismo. Esto le permitió avanzar con la única agenda que unifica a la oposición: la destitución de Maduro. Las disidencias internas, sin embargo, le impidieron activar el Referendo Revocatorio (la pieza constitucional que prevé la Constitución Bolivariana de Venezuela) para desplazar legalmente de su cargo a un presidente durante el año anterior, ya que un sector del antichavismo, luego de la victoria legislativa, optó por la vía violenta no institucional.

El deterioro de la mayoría de las variables económicas, también configura otro aliciente para la oposición, y un dolor de cabeza para el chavismo gobernante. Desde el año 2013, el desabastecimiento, el aumento sideral de la inflación y la “guerra económica” local (e internacional) evidencian la incapacidad del gobierno de torcer el ciclo recesivo en el que se encuentra la economía venezolana. Esta variable constituye otro elemento que inclina la balanza hacia la MUD, y lesiona la credibilidad del oficialismo, en este partido, que como dijimos al comienzo, lleva dos décadas en juego. La intensidad con la que la oposición hoy intenta derribar a Maduro es novedosa, como dijimos no lo es el proyecto de liquidar al chavismo, que tuvo a lo largo de estos años diferentes formas: golpe de estado (abril de 2002), lock out patronal en PDVSA (enero 2003), guarimbas (febrero de 2004 y variadas desde 2014), deslegitimación de las elecciones legislativas de 2005, entre las más importantes. Asimismo, el chavismo cuenta, aún en estas condiciones tan desfavorables, con el recurso de la movilización popular. Las calles de Caracas se vieron inundadas de banderas y gorras “roja- rojitas”, la semana anterior. El 40% de los votos obtenidos en la última elección, a pesar de la derrota, evidencian que las transformaciones profundas en el país todavía generan niveles de apoyos significativos. Es cierto, se redujeron desde el 2013, pero no dejan de ser indicadores de que una parte importante del país no quiere regresar a los años del neoliberalismo.

Una nota al pie, en este marco, merecería el rol de los actores internacionales en esta crisis. No es intención de este artículo enfocarse en esa cuestión, pero debemos resaltar que la posición geopolítica de Venezuela la hace apetecible a cualquier proyecto continental. Desde allí que la preocupación de EEUU por el devenir del país constituya otra variable a tomar en cuenta cuando describimos la correlación de fuerzas internas. El petróleo venezolano ha sido desde siempre un activo que permite explicar el modelo rentista de los años sesenta hasta hoy, y la “intervención” de la principal potencia mundial en forma directa e indirecta en la crisis. Asimismo, el vacío político regional, con la debilidad del gobierno de Michel Temer como principal variable, determina una falta de protagonismo notorio del principal país de Sudamérica en la crisis venezolana. El hecho que desde uno y otro lado de la “grieta” venezolana se apele a la figura del Papa Francisco como virtual mediador del conflicto, da cuenta de la debilidad, en cuanto a peso político, que tienen los presidentes en la región.

Para ir cerrando, entonces, la pregunta no debe enfocarse en si hay o no crisis en Venezuela, ya que la hay, y la hubo desde hace tiempo. Sino interrogarse acerca de qué posibilidades existen para lograr la estabilidad política en el país, y quiénes podrían ser los actores para llevarlo a cabo. Aquí las respuestas son amplias y variadas. Sin intentar hacer futurología, daría la sensación que cualquier salida a esta situación no puede descartar a la Fuerza Armada Venezolana. Se trata del actor político vital para cualquier proyecto de estabilidad política en el país. Sea a partir de un gobierno chavista moderado, sea para profundizar el socialismo del siglo XXI o para que un opositor corte con las dos décadas de predominio del PSUV, el factor militar será de la partida para asegurar la continuidad institucional del país. De todas formas, estos interrogantes, no hacen más que generar nuevos interrogantes: ¿es viable un gobierno de la MUD con un proyecto neoliberal revanchista en el país? ¿Es factible que un chavismo “duro” genere las condiciones de estabilidad a partir de un gobierno cívico-militar? ¿Puede conquistarse esa estabilidad política con dirigentes moderados de ambos polos? ¿Un nuevo gobierno en Venezuela podrá mantenerse dando marcha atrás en las conquistas sociales de estas décadas? Preguntas que esperan respuestas en esta realidad intensa y violenta en la que hoy viven los venezolanos.

(*) Mariano Fraschini (1972) Es politólogo (UBA), Mágister y Doctor en Ciencia Política (UNSAM). Es docente en el Ciclo Básico Común (CBC) en la carrera de Ciencia Política de la UBA. Es uno de los editores del Blog Artepolítica. Nicolás Tereschuk Es politólogo (UBA) y realizó una maestría en Sociología Económica (IDAES - UNSAM). Es docente en la carrera de Ciencia Política de la UBA y de posgrado de FLACSO. Es uno de los editores del blog Artepolítica.

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