El Larrea de Cabral: una lectura reversible, por Benito del Pliego

El Larrea de Cabral: una lectura reversible, por Benito del Pliego

El Larrea de Cabral: una lectura reversible

Quizás de todos los elementos que se yuxtaponen entorno a Juan Larrea el más atractivo termine por ser su propia biografía. Y tiene sentido en cuanto él mismo termina por apoyar su monumental obra sobre circunstancias indisociables de su propia existencia. La cosa es mucho más compleja, pero, puestos a definir la piedra filosofal de este vasco entusiasmado por el Nuevo Mundo, tendríamos que remitirnos a la formulación de una convicción profundamente arraigada en él desde los tiempos en que inicia su diario Orbe (mediados de los años 20): puesto que el sujeto y el mundo no son realidades en absoluto diferenciables, el conocimiento del primero de los ámbitos equivale al del otro siempre y cuando el sujeto sepa leer su experiencia de acuerdo al código general (al lenguaje) del mundo. Esta perspectiva le permitió hacer que cualquier fenómeno sobre el que detiene su atención (por ejemplo, la captura de una paloma) un signo trascendente que clarifica la dirección hacia la que se inclina la vida… De algún modo, su convicción (pese a la abismal distancia que la separa de las creencias que uno puede profesar en público) parece seducir a todos los que hemos puesto el ojo en su escritura con un mínimo de atención. Eso, insisto, es lo que hace que la biografía de Larrea tenga tanto imán: si Larrea estuviese en lo cierto y aquella paloma que encontró en 1933 junto al ábside de la catedral de Chartres fuese en realidad un signo de cierta promesa, y la muerte de Vallejo significase lo que dice Larrea que debe significar, y el Guernica realmente apuntase a la gestación del Nuevo Mundo hacia el que toro y madre e hijo dice que marchan en el cuadro de Picasso; y si el Apocalipsis de San Juan fuera, como Larrea pretende, el documento que garantiza que, efectivamente, nos espera un nuevo mundo a la altura de las expectativas que el ser humano ha plasmado en sus más altas fantasías… Bien, esto es mucho soñar, pero si realmente fuera así, la utopía larreana nos habríamos salvado. ¿Pero salvado de qué? De eso de lo que con tanta frecuencia tratamos de escapar con la ayuda de multitud de ficciones (nacionales, literarias, políticas, religiosas, biográficas…); el denodado y meticuloso deseo de Juan Larrea nos devuelve la esperanza de poder escapar a nuestra propia insignificancia.

Pero no hace falta seguir a Larrea hasta este pináculo, o al menos no hace falta reconocer nuestra tentación de seguirle, para encontrar el punto de partida desde el que comenzar a hablar del aporte de Eugenia Cabral a la sigilosa discusión que rodea a este fascinante exiliado de origen bilbaíno. Bastaría con tomar la proposición de Larrea a medio camino (el conocimiento del sujeto equivale al conocimiento de su mundo) y darle la vuelta (el conocimiento del mundo equivale al del sujeto), para situarnos en el lugar al que podría llevarnos la lectura de esta Vigilia de un sueño. Cabral centrándose en torno a Juan Larrea consigue dar a conocer otro orbe, el que surge en el envés del tapiz que debemos trazar para explicar los detalles de la presencia de Larrea durante casi un cuarto de siglo en la Córdoba argentina.

Lo que quiero decir es que, aunque este libro se gesta devocionalmente en torno a la figura del poeta amigo de Vallejo, tiene la virtud de aclarar su perfil sacando de un fondo hasta ahora prácticamente inexplorado figuras que permanecían desenfocadas; o, para usar otro símil fotográfico, podríamos decir que Vigilia de un sueño perfila la figura de Larrea a contraluz destacando tanto o más el entorno que al personaje.

Así, Larrea se convierte aquí en el polo que concita un no pequeño número de intereses: la pintura contemporánea, César Vallejo, el surrealismo, la política argentina, la intelectualidad cordobesa, su universidad… y también un puñado de personalidades vinculados a Córdoba (fotógrafos, artistas, poetas, profesoras…) rescatados de su propio olvido por el amor que inspira en Cabral el autor de Orbe.

Este es un buen ejemplo de la reversibilidad de los términos que articulan las páginas de Eugenia Cabral: Se acude a los entrevistados para reconstruir a un Juan Larrea que parece haberse hundido en la penumbra de la última ciudad de su interminable exilio, pero se rescata, en buena medida, un pasado colectivo del que apenas si quedan como referente los restos esparcidos del exiliado español. Esa compleja relación, la de Larrea con Córdoba, y la de Córdoba con Larrea, es un laberinto que nadie antes había sido capaz de alumbrar.

Los que todavía nos atrevemos a pronunciar la palabra “vanguardias” (y no somos tantos, aunque sea tanto lo que todos les debemos) estamos acostumbrados a recordar las andanzas de quienes están asociados con ellas en el marco cosmopolita de las capitales europeas, sobre todo en París, o ya entrados en la segunda gran guerra, en las cosmópolis americanas de Nueva York y el México D.F. Imaginar a un vanguardista como Larrea en la insular Córdoba no es tan sencillo y quizás esta inserción sea uno de los aciertos fundamentales de este libro.

Teníamos noticia de los desarrollos de la sorprendente obra de Juan Larrea durante su estancia en la ciudad, sabíamos —fundamentalmente a través de la propia mirada de Larrea— de las disputas que intervinieron en la actividad académica que realizó en la Universidad Nacional, teníamos noticia del acontecimiento (la muerte en accidente de avión de la primera hija del poeta, Lucianne) que convierte la biografía de Larrea en un drama familiar que se prolonga en otra figura también aquí rememorada (la de Vicente Ferderico Luy Larrea, nieto y ahijado de Juan Larrea)… Pero todos estos puntos de luz no eran suficientes para iluminar el escenario en el que se desenvolvieron los últimos veinticuatro años de vida de Juan Larrea. Sencillamente no teníamos noticia de nadie, excepción hecha de la profesora Gabriela Maturo, que siguiese escribiendo en Argentina sobre Juan Larrea. Así este exiliado de origen vasco y nacionalidad mexicana que pasó la mayor parte de su vida (y desarrolló la práctica totalidad de su obra) fuera de España, se está convirtiendo por mor de quienes escribimos sobre él, en una figura fundamentalmente española. Cabral también contribuye a dar la vuelta a esta situación. Aquí Larrea aparece a una luz que en la lectura que se ha venido haciendo desde la Península apenas se contempla. Si tenemos en cuenta que el exilio es un fenómeno que tiene (al menos) dos caras, Cabral gira la moneda para presentarnos el otro perfil; no el del lugar de origen, sino el que se percibe desde la perspectiva del país de acogida o residencia y trabajo. O, en otros términos, Juan Larrea es aquí un inmigrante, no un emigrado. Y esta posición nos ayuda a explicar las dificultades que afloraron en su relación con la Argentina y también nos invita a considerar lo que significaron para él las complejas circunstancias sociales y políticas a las que se encaminaba el país.

Personalmente tengo que reconocer que en mi propia inmersión en la obra de Larrea, el capítulo que me resultó más opaco fue, precisamente, el que centra la atención de esta Vigilia del sueño. No es fácil, para quién no puede ver los matices desde el interior, manejarse en la maraña política que forman las dos décadas que median entre la llamada Revolución Libertadora del 56 y la macabra Junta Militar del 76. ¿Cómo pudo un destacado militante de la II República Española navegar tan revueltas y ensangrentadas aguas sin apenas dejar testimonio de lo que ahora sabemos que ocurría en torno a él? ¿En qué medida afectaron a su ya entonces larga vida, a su dedicación académica, a su ensayística… las purgas universitarias y la quema de bibliotecas, los exilios y las desapariciones de sus —podríamos decir— compatriotas argentinos? Cabral enmarca con fineza no exenta de empatía la figura de Larrea en este complejísimo marco, observando su trayectoria desde la perspectiva del lugar al que vino a parar Juan Larrea. Eso nos permite ver, así sea por las pequeñas grietas de lo cotidiano, a una persona; una persona, no solo un poeta, no un profeta, no un personaje surgido de su poderosa y esperanzada imaginación; una persona alejada del utópico destino con que el mismo se invistió. Y sus facciones reaparecen con la plasticidad de un hombre inmerso en el escenario de un época sobrada de tragedias, rodeado de otros hombres en los que, pocos —quizás ninguno— de los interesados en él habíamos reparado antes. O sea, Eugenia Cabral no solo reincorpora a Juan Larrea sino que también nos da la posibilidad de adentrarnos en la historia de una ciudad que hasta ahora resultaba indescifrable para los que leíamos su obra escrita en ella.

Esta misma inversión de términos parece obrar respecto a la propia autora, y es que hay algo impagable en la limpieza con que Eugenia Cabral se coloca frente a la figura de Larrea con la misma ingenuidad con la que dice que un día vio por primera vez un dibujo de Picasso. Su crónica mantiene esa frescura pese a que no podemos disociarla de la erudición que organiza en este libro. Esta mirada, que no quiere dejar de traslucir la fascinación que produce en ella su objeto de contemplación (también en esto es larreana), nos recuerda de dónde surge la atracción que sigue provocando la vida y la obra de Juan Larrea: su genuina capacidad para sumarnos, más allá de cualquier reticencia, a cierta capacidad primigenia de esperanza y maravilla que el poeta vasco identificó con la poesía. Esa mirada, en la que otros nos podemos ver también reflejados, facilita la última de las reversiones del autor de Versión celeste, quizás la más importante de todas desde el punto de vista de lo que puede interesar a un lector no obsesivamente especializado: Eugenia Cabral no solo nos coloca ante un autor con interés histórico, sino que nos lo devuelve al presente, actualizando ese interés al tiempo que actualiza sus coordenadas de lectura. Leyendo las notas que Eugenia Cabral escribió rememorando la muerte de Juan Larrea en Córdoba uno tiene la impresión de que hablamos de un poeta aún vivo. Ojalá la publicación de esta Vigilia contribuya a mantenerlo así.

Carolina del Norte, EE.UU., octubre del 2015

 

Ver publicación de Vallejos & Co acá

 

Acerca de Benito del Pliego.(Madrid, 1970). Poeta, ensayista y traductor. Es profesor en Appalachian State University, Carolina del Norte, Estados Unidos. Ha publicado en poesía  Merma (2009), Índice (2011), Fábula (2012) y Extracción (2013). También es autor de ensayos, ediciones, antologías y traducciones como Las palabras son testigos. Obra poética en inglés de Isel Rivero (2010), Voces comunes y otros poemas, poesía reunida de Mario Merlino (2012), El ángel de los súbito, antología poética de Noni Benegas (2014), y la muestra Extracomunitarios. Nueve poetas latinoamericanos en España (2013). En colaboración con Andrés Fisher ha editado la antología de José Viñals Caballo en el Umbral (2010), traducido la selección de poemas de Lew Welch Círculo de hueso (2013) y la de textos breves de Gertrude Stein Objetos y retratos. Geografía (2014).

Acerca de Eugenia Cabral. Nació el 29 de noviembre de 1954 en Córdoba (ciudad en la que reside), capital de la provincia de Córdoba, Argentina. Poeta, escritora, ensayista y dramaturga. En 1981 fundó, junto a los poetas Hernán Jaeggi, Susana Arévalo, César Vargas y Carlos Garro Aguilar, el grupo literario “Raíz y Palabra”. En el período 1988-1992 estuvo al frente de Ediciones Mediterráneas, sello abocado a la difusión de poetas de su provincia. Publicó los libros El Buscador de Soles (Editorial Municipal de Córdoba. 1986); Poesía Actual de Córdoba- Los años ’80 (Ediciones Mediterráneas. 1988); Iras y Fuegos – Al margen de los tiempos (Ediciones Último Reino. Buenos Aires, 1996); La Almohada que no duerme (Ediciones Del Boulevard, Córdoba, 1999); Cielos y barbaries (Alción Editora. Córdoba, 2004); Tabaco (Editorial Babel, Córdoba, 2009); En este nombre y en este cuerpo (Babel, 2012); La voz más distante (Pan Comido, 2016); y la Vigilia de un sueño (Eduvim).

      

 

 

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Vigilia de un sueño recoge aspectos del pensamiento de Larrea como escritor surgido de la España republicana y sus experiencias de exilio político, pero se centra en sus vicisitudes como académico en la Facultad de Filosofía (entre otras, su debate con el pensamiento de izquierda en su expresión local) y el dolor por la temprana pérdida de su hija Lucienne en un accidente de aviación. El contexto es la historia argentina del periodo 1956-1980, sus secuelas y reflejos en la vida académica, intelectual y literaria.

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