Contra el cine, la comunicación y la cultura

Contra el cine, la comunicación y la cultura

Gonzalo Assusa(*), Licenciado en Sociología por la UNVM y Doctor en Ciencias Antropológicas por la UNC, escribe su opinión sobre la polémica situación generada tras el pedido de renuncia de Cacetta, ex-titular del INCAA, que pone en juego la ley de cine y sus instituciones. Assusa, además de ser egresado de la casa, es autor de "Lo popular en el nuevo cine argentino", material de próxima aparición en nuestro sello.

El conflicto que por estos días envuelve al INCAA, el ENERC y a sus trabajadores no puede comprenderse exclusivamente como un fenómeno del mundo cinematográfico. En perspectiva, el problema de fondo atañe al campo audiovisual en general, y en un sentido profundo al campo de la comunicación y la cultura. En ese panorama más amplio, la campaña de desprestigio mediático y la intencionalidad política de esta avanzada contra el espacio, se vuelve más claro el método sistemático del Gobierno Nacional, su modelo de gestión (privada) de los bienes públicos y los grandes negocios por detrás de esta apuesta.

En el marco de una estrategia de confusión mediática, se desestabiliza la legitimidad del organismo y sus políticas poniendo en cuestión su prioridad en relación a otros gastos públicos más “urgentes” o “necesarios”. La cuestión del financiamiento del INCAA y del Fondo de Fomento Cinematográfico ha quedado ampliamente saldada por una cantidad de materiales producidos por sus trabajadores y por diversos sectores que se han acoplado a su lucha: el presupuesto no le quita partidas a seguridad social, educación ni salud. El apoyo estatal a la producción nacional de cine se financia con una parte de las entradas a las salas de cine y con cánones cobrados a las empresas que distribuyen y exhiben audiovisual en Argentina. El origen y destino de estos fondos está establecido por leyes en vigencia (y su alteración va en contra de lo consensuado legalmente por los órganos legislativos).

Contra la noción que quiere instalar la campaña y la avanzada política contra el organismo autárquico que en nuestro país regula y promueve la realización cinematográfica es necesario recordar que el cine no se trata “simplemente” de una industria del “entretenimiento” o el “ocio”.

En primer lugar, constituye una fuente de empleo para muchas familias argentinas. En un contexto como el actual, regresivo, represivo, desestabilizador y de amenaza permanente a las condiciones de vida de los ciudadanos que viven del propio salario, los puestos de trabajos –también los del campo de la cultura- deben estar en el centro de nuestras preocupaciones.

En segundo lugar, el cine es y ha sido un terreno central de disputa simbólica en nuestro país: un escenario en el que se narró nuestra historia, nuestros conflictos, en el que se retrató nuestra vida política y nuestros propios fantasmas. En la producción de cine nacional se dirime también la construcción democrática y la memoria política del país. En este conflicto se resuelven derechos, reconocimiento de la diversidad, revalorización de lo nacional, desarrollo de la producción local y acceso a la cultura.

De la metodología de avasallamiento de los bienes públicos queda la enseñanza para la resistencia: la defensa de los derechos debe ser tan transversal como su puesta en peligro.

 

(*)Gonzalo Assusa. Licenciado en Sociología por la UNVM y Doctor en Ciencias Antropológicas por la UNC. Actualmente se desempeña como becario posdoctoral en el Instituto de Humanidades de CONICET-UNC. Su tesis doctoral trató sobre la problemática de la “cultura del trabajo” entre jóvenes de clases populares. Actualmente investiga sobre desigualdad de clases y diferenciación simbólica en la sociedad cordobesa contemporánea. Ha publicado artículos individuales y colectivos en revistas académicas de Argentina, Chile, Brasil, Colombia y España, y capítulos de libro editados por Miño y Dávila, CLACSO y Eduvim. Colabora con las revistas “Salida al mar”, “Islandia” y “La tinta”.

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