Adelanto de “Ayotzinapa. Horas eternas”

Adelanto de “Ayotzinapa. Horas eternas”

Paula Mónaco Felipe es hija de Esther Felipe y Luis Mónaco, desaparecidos durante la última dictadura militar en Argentina. Paula fue criada por sus abuelos y por sus tías, Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez. Es periodista y escritora. El caso de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa despertó gran interés en ella por su historia, por su militancia.

Invitamos a leer el prólogo de Ayotzinapa. Horas eternas, escrito por Elena Poniatowska Amor, escritora y periodista mexicana de gran trayectoria y dueña de una prolífica obra que fue distinguida con numerosos premios. En él, los intereses de Paula para abordar este tema están descritos con gran detalle y pasión.

PAULA MÓNACO,
UNA NIÑA MITAD COCODRILO

Era previsible que Paula Mónaco se apasionara por el caso de Ayotzinapa y sus 43 normalistas desaparecidos que ahora todos queremos encontrar. Era previsible porque a lo largo de 37 años ella nunca dejó de pensar en sus padres, ya que la Junta Militar argentina se los llevó cuando sólo tenía 25 días de nacida.

Era previsible el fervoroso interés de Paula en el caso no sólo de su desaparición el 26 de septiembre de 2014 sino el asesinato de tres de sus compañeros, porque tiene que ver con su propia historia.

En Ayotzinapa tomó entre sus brazos a la recién nacida Melanny, hija del normalista Israel Caballero Sánchez y de Rocío Lorena, ambos de veinte años, y ese solo gesto la devolvió a su propia historia.

A Paula la criaron sus abuelos en medio de una familia numerosa. Sus tías Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez, según cuenta esta última, cuando vacacionaban en Villa María, en Córdoba, paseaban en las playas de arena fina en el Río Tercero y fingían ser cocodrilos dentro del agua que les llegaba al tobillo. La niña lo disfrutaba —su alegría siempre ha sido sonora— y luego se perdía entre una ronda de chiquillos de la misma edad que reían felices y tomaban la vida a manos llenas como si fuera una gran fiesta.
Para Jesusa, Paula es, todavía hoy, una niña mitad cocodrilo.

Era previsible que Paula Mónaco se indignara con la desaparición de los 43 normalistas —algunos casi de su edad— y abrazara a los padres de familia de los ayotzis como a ella la abrazaron sus abuelos Esther y Gregorio, que tomaron el lugar de sus padres.
Era previsible que Paula buscara a los estudiantes vivos, examinara sus fotos, y volviera a hacerlo sentada al lado de los padres y los hermanos en Ayotzinapa y preguntara una y otra vez si José Ángel era alto o tenía buen carácter y si Leonel recordaba con gusto la Costa Chica. Era previsible que quisiera pasar el Año Nuevo con ellos, llevándoles de comer y repartiéndoles platos de guisado y arroz con una generosidad y una determinación muy poco comunes. “Tiene que comer, no se deje ir, vamos a encontrarlos”. Paula, en Argentina, militó en H.I.J.O.S., y desde muy joven ayudó a los familiares a sobrevivir al dolor.

Era previsible porque apenas tuvo uso de razón, a la hora en que los adolescentes se encierran sobre sí mismos y se preocupan por el largo de su cabello o por su acné, Paula encontró a otros jóvenes iguales a ella y se integró a  H.I.J.O.S., una asociación de todas las víctimas que se propusieron quitarle el sueño a la Junta Militar argentina y a sus colaboradores, parapetados tras los muros de sus casas en Buenos Aires, Mendoza, Córdoba, Santa Fe, Salta y otras grandes ciudades de Argentina.

En cambio, en México los asesinos siguen libres, y a escasos días de que se cumpla un año de la desaparición de los normalistas, los peritos revelan para nuestro escándalo que las “verdades históricas” no son lo que nos quieren hacer creer. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos determinó que los normalistas no fueron quemados en el basurero de Cocula. Resulta imposible que se redujeran a cenizas en trece o quince horas de cremación: se habría producido un incendio imposible de no ver. A esto hay que sumarle la larga lista de errores, omisiones y ocultamiento de evidencias de procuradurías y policías involucradas en la investigación.

Entre todos, los hijos inventaron el escrache, palabra que viene del lunfardo, el habla popular de los barrios rioplatenses. En Argentina, en Uruguay y en España, muchos activistas escogieron el escrache para marcar la casa del militar o del funcionario y responsabilizarlo ante la opinión pública. Desde 1995,  H.I.J.O.S. decidió actuar a la vista de todos y marcar con pintura roja el domicilio de quienes habían cometido acciones en contra de hombres y mujeres pensantes, como la joven y bella Esther Felipe y su esposo Luis Mónaco, que el régimen decidió desaparecer, torturar y matar. Así como los militares ejercieron una acción directa y persiguieron y asesinaron a argentinos por sus ideas políticas, así también los hijos se abocaron a exhibir a los militares ante la opinión pública. “Asesino a dos cuadras”, ponían sobre el nombre de la calle.

Paula resultó una pieza clave en el grupo de H.I.J.O.S. porque, como lo cuenta Jesusa, “ya a los cuatro años sabía todo de la desaparición de sus padres y manejaba el archivo mejor que nadie. Cuando el abuelo Gregorio le pedía, por ejemplo, un habeas corpus, sin vacilar un segundo lo encontraba, ante el asombro de todos”.

Bajo el lema de “Si no hay justicia, hay escrache”,  H.I.J.O.S. se preparó durante meses para denunciar al torturador en el barrio, seguirlo, conocer su rutina y por fin acusarlo y exponerlo ante la comunidad. Antes del escrache una banda callejera repartía volante y folletos que advertían que un sujeto indeseable contaminaba el entorno, ya que entre ellos vivía un torturador criminal. Lo denunciaban en las casas, en las tienditas cercanas, en los parques públicos. Muchas veces, gracias al escrache el torturador se iba del barrio.

Hasta el día de hoy esta organización horizontal sigue en pie y en gran medida son ellos, los hijos de los desaparecidos y los asesinados, quienes han logrado que se enjuicie a los torturadores. Gracias a  H.I.J.O.S., los verdugos hoy purgan sentencias a perpetuidad en cárceles para delincuentes comunes.

Que Paula Mónaco decidiera formar su propia familia el día que el responsable de la muerte de sus padres fuera condenado a prisión perpetua resulta significativo.

En la Ciudad de México, doña Rosario Ibarra de Piedra, los  H.I.J.O.S. y Jesusa Rodríguez adoptaron el escrache y marcaron la puerta de madera de la casa en San Jerónimo Lídice del ex presidente Luis Echeverría Álvarez, a quien Raúl Álvarez Garín y Félix Hernández Gamundi lograron sentar en el banquillo de los acusados por la masacre del 2 de octubre de 1968.

¿Qué tienen en común Córdoba, Argentina, y Ayotzinapa, Guerrero? Paula, periodista y luchadora contra la desaparición forzada en nuestro país, se inclinó muy pronto hacia la crónica de tragedias como el tifón en Filipinas y el encarcelamiento del profesor Patishtán en Chiapas. ¿Qué tienen que ver los normalistas desaparecidos y heridos en Iguala, hijos de campesinos, migrantes, albañiles, vendedores ambulantes, con jóvenes argentinos víctimas de la dictadura militar? ¿Qué sueños comparten? ¿Qué fotografías de infancia? De Paula  Mónaco se podría decir que tiene muchos amigos, que le gusta el teatro, que disfruta ir al cine, tomar mate, bailar, que adora a los perros, le encanta manejar su coche, ríe a carcajadas, come milanesas, empanadas y alfajores, y es súper amorosa. Al joven normalista Abel García Hernández le gustaba jugar a las canicas tanto como Abelardo Vázquez Peniten disfrutó estudiar, hacer la mezcla, acomodar los ladrillos y preparar los castillos de una construcción al lado de su papá albañil. Adán Abraján de la Cruz es, al igual que Paula, buen bailador, y Alexander Mora Venancio tenía pasión por el fútbol. Antonio Santana Maestro gritaba apasionado al ver partidos por televisión y Benjamín Ascencio Bautista hacía reír a todos con sus ocurrencias. Bernardo Flores Alcaraz recogía a animales heridos y se las ingeniaba para curarlos, tal como hace Paula en Coyoacán, donde habita feliz. Carlos Iván Ramírez Villareal trabajaba en el campo arreando vacas mientras Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, portero de un equipo de fútbol, disfrutaba bailar los sábados y César Manuel González Hernández regresaba a casa sin chamarra porque la regalaba y a todos trataba de “usted”. Christian Alfonso Rodríguez Telumbre zapateaba canciones tradicionales como “El zopilotito” o “La iguana” y Christian Tomás Colón Garnica, muy aplicado para el estudio, se tapaba los oídos para seguir concentrándose en su lectura. Paula canta los tangos de Julio Sosa y la “Lunita tucumana” al igual que el “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo” y “Elotitos tiernos” de su tía Liliana Felipe. Cutberto Ortiz Ramos hacía reír a todos y Doriam González Parral se la vivía con un lápiz en la mano. Jorge Luis González Parral, peluquero, un día les cortó el cabello a todos y Everardo Rodríguez Bello a los diez años estudió música. Paula Mónaco también sabe mucho de música y ha organizado con maestría los conciertos de su tía Liliana Felipe, la hermana de su madre Esther, en varias ciudades de Argentina. Podríamos seguir así ad infinitum, pero ahora sólo nos queda presentar este libro de una chava que sabe cuidar a los demás, jugársela con los que menos tienen, indignarse por la injusticia y tener dentro del pecho algo que a todos nos beneficia: un gran corazón.

Elena Poniatowska Amor

 

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Ayotzinapa, horas eternas es una ventana para asomarse al trágico y turbio caso de la desaparición forzada de 43 estudiantes de una escuela normal rural de México en 2014.

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